Necesito un trabajo
Han pasado ya muchas semanas desde las Navidades y llevo ya por tanto mucho tiempo en búsqueda activa de empleo, como lo suelen llamar. He tenido alguna entrevista, pero en general las veces que ha sonado mi teléfono han sido más bien pocas. Entre tanto, las únicas palabras que oigo por todas partes son “crisis, crisis, crisis”.
Supongo que la gente pensará que no fue muy buen momento para volver, seguramente no, pero la solución tampoco era quedarme indefinidamente en un trabajo que más bien aborrecía.
Empiezo a estar muy cansada de esta situación, y sin embargo no me queda más remedio que esperar. Mi vida mientras tanto se ha quedado en stand by, ya que no puedo hacer nada hasta que no sepa qué va a pasar en el aspecto laboral, y esto afecta desde a los ámbitos más importantes de mi vida, hasta a los detalles más insignificantes.
Mientras tanto, mucha gente a mi alrededor empieza a estar en mi misma situación, lo cual me deprime aún más…
Necesito trabajo, y lo necesito YA.
Un trébol de cuatro hojas
Cuando era pequeña me hablaron de esa superstición que dice que el que encuentre un trébol de cuatro hojas tendrá buena suerte. Yo entonces pensé que la suerte sería la que se necesita para encontrarlo más que la que el trébol pudiera proporcionar, pero ése no es el caso. Cogiendo cierta obsesión con esta historia, como le podría haber ocurrido a cualquier niño de esa edad, y aprovechando que por aquel entonces iba a diario con mis padres a la finca, me decidí a encontrar un trébol de cuatro hojas a toda costa. Varios días estuve buscando y buscando, mirando la maraña de pequeños tréboles uno a uno, procurando cambiar cada día de zona para intentar analizar el máximo número posible de plantas. Finalmente, al cabo de no tantos días, ahí estaba, lo había conseguido, encontré un trébol de cuatro hojas que estuvo en mi haber hasta varios años después.
No sé si el trébol me dio buena suerte o no, y tampoco creo que eso tenga importancia, lo cierto es que la inocencia de mi niñez hizo que consiguiera encontrar algo que cualquiera no se molestaría en buscar por considerarlo, cuando menos, poco probable.
La moraleja que siempre he sacado de esta historia es que la fortuna no llega, hay que salir a buscarla, porque con el empeño suficiente puedes cambiar tu suerte.
9 años

Un año más me encuentro en este punto de recapitulación, de reflexionar sobre todo lo bueno que me has dado en estos años juntos, de agradecerte que los hayas querido pasar a mi lado.
Creo que en este último año de tantos cambios, nos hemos hecho un poco más fuertes, ya casi somos una pequeña familia de dos, y sólo puedo darte las gracias por hacerme feliz cada día.
Por eso sólo me queda decir…
¡¡FELIZ ANIVERSARIO!!
The moldy peaches – “Anyone else but you”
You’re a part time lover and a full time friend
The monkey on you’re back is the latest trend
I don’t see what anyone can see, in anyone else
But you
I kiss you on the brain in the shadow of a train
I kiss you all starry eyed, my body’s swinging from side to side
I don’t see what anyone can see, in anyone else
But you
Here is the church and here is the steeple
We sure are cute for two ugly people
I don’t see what anyone can see, in anyone else
But you
The pebbles forgive me, the trees forgive me
So why can’t, you forgive me?
I don’t see what anyone can see, in anyone else
But you
I will find my nitch in your car
With my mp3 DVD rumple-packed guitar
I don’t see what anyone can see, in anyone else
But you
Du du du du du du dudu
Du du du du du du dudu
Du du du du du du dudu du
Up up down down left right left right B A start
Just because we use cheats doesn’t mean we’re not smart
I don’t see what anyone can see, in anyone else
But you
You are always trying to keep it real
I’m in love with how you feel
I don’t see what anyone can see, in anyone else
But you
We both have shiny happy fits of rage
You want more fans, I want more stage
I don’t see what anyone can see, in anyone else
But you
Don Quixote was a steel driving man
My name is Adam I’m your biggest fan
I don’t see what anyone can see, in anyone else
But you
Squinched up your face and did a dance
You shook a little turd out of the bottom of your pants
I don’t see what anyone can see, in anyone else
But you
Du du du du du du dudu
Du du du du du du dudu
Du du du du du du dudu du
But you
De porqué me vine a Irlanda y otros cuentos…
Supongo que llega un momento en la vida de toda persona cuasi-adulta en el que tiene que tomar cierta serie de decisiones que determinarán su futuro de forma que ya nunca habrá vuelta atrás. La primera de estas decisiones suele ser si estudiar o no, qué y dónde, y unos años después, normalmente uno se encuentra decidiendo de nuevo.
En mi caso, este periodo académico duró más de lo normal, aunque entre medias también tuve que elegir de cuando en cuando entre caminos que llevaban a lugares muy diferentes. Cuando ví que llegaba de nuevo el momento de decidir sobre mi futuro y no me entusiasmaron demasiado las opciones que se presentaban ante mí, opté por abrir una nueva alternativa que en el fondo siempre supe que no era más que aplazar ese proceso de toma de decisiones que no tienen marcha atrás, y además arrastré conmigo a lo único que tenía claro que no quería que cambiase en mi vida.
Creo que por esto, entre otras muchas razones, decidí venirme a Irlanda, por eso y por esa inquietud que tenemos todos los que nos vamos fuera por cómo se sentirá uno inmerso en una cultura y una lengua que no es la tuya. ¿Que por qué Irlanda? pues… ¿por qué no?
El problema es que llegado este punto, en que la persona con la que quiero tener y tengo una vida en común y yo tenemos más o menos decidido que en unos meses esto se acabará, tengo que empezar a decidir otra vez, a decidir cuándo, dónde y cómo quiero empezar a vivir el resto de mi vida, y es ahora cuando me doy cuenta que no se puede escapar de esta avalancha de decisiones por mucho que intentes detenerla y por mucho que te alejes, porque al final acabas volviendo exactamente al mismo punto en el que estabas antes, con más experiencias y más años, pero al mismo punto de incertidumbre, y las opciones que ahora se presentan ante mí son exactamente las mismas entre las que en su día no quise tener que elegir.
Puede que al fin y al cabo, madurar sea enfrentarte a que puede que no haya un camino perfecto en la vida, sino que tenemos que establecer nuestras propias prioridades y vivir toda la vida con las partes menos bonitas de las decisiones que vamos tomando, aprendiendo que de nada sirve esconderse de ellas, ni tampoco empeñarse en no ver los propios defectos que se interponen en nuestro camino. Puede que madurar sea ver por fin que la alternativa ideal y fácil de seguir, nunca se presentará sola.
Academias de inglés
Esta semana, como ya comenté, he estado yendo a clases de inglés, y me han sorprendido un montón las enormes diferencias entre los métodos de enseñanza de idiomas españoles y los de aquí.
Primero que quede claro que una muestra no es para hacer un estudio, pero ya había oído hablar de estas diferencias y ahora he podido palparlas.
El caso es que toda mi vida he ido a clases de inglés en las que me han enseñado gramática y más gramática, redacción e incluso algo de listening, pero en las que nunca, o casi nunca, he tenido la oportunidad de hablar. Aquí es exactamente el punto contrario, en lo que se centran las clases básicamente es en conseguir que te sueltes a hablar y en ampliar vocabulario. Supongo que también tendrá mucho que ver con el nivel en el que te metan, pero la verdad que la metodología no tiene nada que ver.
No digo que lo uno esté mejor que lo otro o al revés, sólo que a veces acumulamos muchos conocimientos teóricos que luego no somos capaces de poner en práctica, y que tal vez sería mucho mejor (como en todos los campos, no sólo en el aprendizaje de idiomas) llegar a un equilibrio entre lo teórico y lo práctico.
Incomunicación
Es difícil una vez que te has acostumbrado a todas las comodidades que supone vivir en un sitio céntrico, en una ciudad relativamente grande, y con todas las facilidades de la tecnología actual al alcance de tu mano, de repente darte cuenta cuando te privan de todo ello, de la dependencia que has desarrollado hacia algo que en el fondo no es más que un edulcorante de la cruda realidad.
Exceso de ocio
Como es sabido, la sociedad actual sufre de un grave exceso de consumismo, lo cual deriva, a mi modo de ver, en una cierta sensación de insatisfacción. Esta sensación proviene principalmente del hecho de que sufrimos de un exceso de ocio.
Me explico. El individuo, inducido por los medios al consumismo y además en algunos casos, con un holgado poder adquisitivo, llena su vida de todos los medios de entretenimiento que en principio le atraen de uno u otro modo. Esto tiene su peligro, ya que metemos en nuestras vidas mil y una formas de ocio, más del 50% de las cuales jamás tendremos tiempo de disfrutar.
Y es que queremos: ir al gimnasio, practicar otros deportes, jugar a la consola y demás videojuegos, leer un montón de libros, navegar por internet, escribir en el blog, quedar con los amigos, leer tal o cual revista, escuchar música, estudiar sólo por el hecho de aprender más sobre nuestros intereses, ir al cine, ver tal película, engancharnos a tal serie de televisión, … Y al final de la larga jornada de trabajo, programar nuestro tiempo libre se convierte en un trabajo más, con lo que finalmente nunca (o casi nunca) conseguimos disfrutar realmente de nada de lo que nos proponemos, cosa que sí ocurría hace años, cuando un único elemento de entretenimiento nos proporcionaba horas y horas de diversión.
La solución… supongo que pensárselo dos veces antes de dejarse cegar otra vez por el consumismo.
Salirse del camino
Hoy he salido a pasear conmigo misma. Hacía bastante viento, lo cual habitualmente no me suele agradar, pero hoy sí que estaba a gusto. Poco después de salir, al llegar a un cruce, decidí seguir por una calle por la que, a pesar de los años que llevo viviendo en este barrio, no había pasado nunca, al menos no a pie. Resultó que allí había un pequeño parque infantil, a su lado una iglesia, y más adelante un puente que no conocía sobre las vías del tren. A pesar de que la calle cada vez se iba volviendo más gris y más normal, mis pies no pensaban en volver o detenerse, así que seguí adelante, fijándome en los edificios y en la gente que se cruzaba en mi camino, absorta en mis propios pensamientos. Al final llegué a otro cruce y de inmediato reconocí el lugar, así que inconscientemente me dirigí de nuevo hacia casa.
Es curioso como a veces un simple gesto de inconformismo puede hacerte ver las cosas de diferente manera, y aunque sólo sea durante el breve transcurso de una calle, merece la pena tener el valor de salirse de vez en cuando del camino preestablecido que nos van marcando nuestras propias circunstancias, para así ir agrandando poco a poco nuestra visión global.
La cola del supermercado
No es agradable para nadie llegar al supermercado, y después de haber llenado bien la cesta, encontrarse con que hay una terrible cola en todas las cajas. En ocasiones dan ganas de dejarlo todo allí mismo y volver al día siguiente en una hora de menor afluencia, pero la mayoría de las veces no queda más remedio que aguantarse, estimar la aceleración de cada una de las colas y plantarse a esperar en la que se crea que nos va a llevar a la meta (osea a la salida) en el menor tiempo posible.
El problema está en que cuando estás esperando, siempre llega alguna entrañable ancianita (o no tan ancianita ni tan entrañable) que intenta que le cueles. La técnica habitual para conseguir su objetivo es la de decirte “¿me dejas pasar, que sólo llevo una cosa y tengo prisa?”, para la cual la respuesta más efectiva es “prisa tenemos todos”, pero también existen maniobras mucho más elaboradas, desarrolladas por la humanidad tras años y años de esperas en los supermercados.
Mi preferida es la maniobra de intimidación, técnica muy extendida entre las señoras mayores; se ponen bien pegaditas a ti, hacia un lado para que las veas bien y esperando a que te encuentres tan agobiada que las dejes pasar para quitarte su respiración del cogote, o si ven que no lo consiguen al menos intentan dar un aire amenazador en plan de… “cuando menos te lo esperes echo a correr y me planto delante de ti”.
Luego están las del diálogo, esas que haciendo como que hablan solas empiezan… “ay, con la prisa que yo tenía hoy y esta cola… y todo por olvidarme de coger sólo un bote de tomate…” o mejor aún la frase de “ahora mismo no recuerdo si dejé el gas de la cocina encendido…” ¡Señora! si sospecha que le va a explotar la casa, ¡eche a correr! que ya hará la compra cuando esté fuera de peligro.
Claro, que también están las maniobras directas; el otro día sin ir más lejos me tuve que ofrecer “voluntariamente” a colar en la cola a un coleguilla de la cajera, ya que la muchacha, muy amable ella, me soltó un… “¿dejas pasar a este chico, que sólo lleva una barra de pan, 8 latas de cerveza, 2 litros de vino, una botella de cocacola y 3 bolsas de patatas fritas?” y claro, cualquiera le dice que no con semejante derroche de simpatía, así que le solté un “¡qué remedio!” y allí me quedé, esperando gustosa un rato más.
Eso sí, la mejor excusa que me han puesto nunca para colarse fue una señora que me dijo “¿me dejas pasar delante? es que no tengo piernas, tengo los dos muñones infectados y me estoy muriendo de los dolores”, y claro, ahí sí que rápidamente te mueves para que la señora pase de pie el menor tiempo posible, casi hasta te entran ganas de ofrecerte a llevarle las bolsas hasta la puerta de su casa y más tarde te dices… ¡¿qué terrible enfermedad tendrán el resto de miembros de su familia para que sea ella la que baje a hacer la compra?!
Rituales
Analicemos en detalle los diversos rituales, manías y costumbres que adoptan muchos estudiantes en época de exámenes.
Los hay desde los que simplemente tienen alguna pequeña manía a la hora de estudiar, hasta los que realmente tienen todo un ritual sin el cual acumularían índices extremos de ansiedad e inseguridad pre-examen. Algunos creen con fe ciega en la suerte que estos ritos o amuletos les proporcionan y luego estan los del “por si acaso” (como ocurre siempre a la hora de hablar de supersticiones).
Tenemos por ejemplo el clásico de utilizar el mismo bolígrafo para hacer todos los exámenes (y sólo para eso), pero también está el que tiene que estrenar un boli en cada examen y no volver a usarlo para nada más hasta que salga la nota. Luego tenemos a los que tienen que llevar un amuleto a todos los exámenes, que generalmente viene siendo el mismo desde que empezaron la carrera (pongamos como ejemplo una botella de agua en concreto).
Otras manías se centran más en el momento del estudio, como quien guarda todos los folios en sucio que utiliza para estudiar y no los tira hasta que termina todos los exámenes (aunque acumule una montaña de hojas inservibles).
Y por último están los que vuelcan su superstición en el momento de que salgan las notas, como por ejemplo que siempre les tenga que mirar la nota determinada persona, o mirarla ellos mismos pero de cierta manera en especial.
Personalmente, no soy estudiante de esta clase de manías, si acaso me tomo una tila para dormir mejor el día antes, aunque no me suele funcionar muy bien porque siempre acabo teniendo pesadillas; pero está visto que mientras existan los estudiantes, el abanico de supersticiones asociadas a estas épocas no cesará en su crecimiento.

